Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Ah, se las arreglarán muy bien, muy bien, pero no olviden del todo al viejo, señora Blythe, no, no, no creo que lo olviden nunca. Los de la raza de José siempre se recuerdan entre sí. Pero no será un recuerdo doloroso. A mí me gusta pensar que mi recuerdo no dolerá a mis amigos, que siempre será algo agradable. Eso espero y eso creo. Ya no falta mucho para que la perdida Margaret me llame por última vez. Estaré preparado para contestarle. Hablo de esto porque hay un pequeño favor que quiero pedirle. Aquí está este pobre Segundo Oficial mío —dijo el capitán Jim. Tendió una mano y acarició la aterciopelada, grande, cálida y dorada bola que dormía sobre el sillón. Segundo Oficial se desenrolló como una espiral, con un sonido gutural, suave, confortable, a medias un ronroneo, a medias un maullido, estiró las patas en el aire, se dio la vuelta y volvió a enrollarse sobre sí mismo—. Él me extrañará cuando yo inicie el Largo Viaje. No soporto pensar en dejar a esta pobre criatura para que se muera de hambre, como lo dejaron antes. Si me pasa algo, ¿le dará a Segundo Oficial algo de comer y un lugar donde estar, señora Blythe?

—Por supuesto que lo haré.




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