Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Pues eso es todo lo que me preocupaba. Ya me he ocupado de que su pequeño Jem tendrá todas esas cosas raras que he recogido aquí y allí. Y ahora no quiero ver más lágrimas en esos ojos tan bonitos, señora Blythe. Tal vez dure un tiempo más, todavía. La oí leer unos versos un día, el invierno pasado, algo de Tennyson. Me gustaría volver a oírlos, si quiere recitármelos.

Suave y claramente, mientras el viento del mar soplaba sobre ellos, Ana repitió los hermosos versos del maravilloso canto del cisne de Tennyson: «Cruzando el banco». El viejo capitán marcaba el ritmo suavemente con su mano sarmentosa.

—Sí, sí, señora Blythe —dijo, cuando ella terminó—, es eso, es eso. Él no fue marino, me dice usted, y yo no sé cómo pudo haber puesto los sentimientos de un viejo marino en palabras como ésas si no lo era. Él no quería «la tristeza de los adioses» y yo tampoco, señora Blythe, pues todo estará bien para mí, más allá del banco del mar.





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