Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Verdaderamente, Gilbert, estamos envejeciendo —dijo Ana, con una sonrisa traviesa—, si niños que tenÃan seis años cuando nosotros nos creÃamos adultos, ahora son lo suficientemente mayores como para tener novio. El de Dora es Ralph Andrews, el hermano de Jane. Lo recuerdo como un muchachito pequeño, redondo, gordito, con la cabeza blanca, que siempre era el último de la clase. Pero tengo entendido que ahora es un joven muy bien parecido.
—Probablemente Dora se case joven. Es del estilo de Charlotta IV: no dejará escapar la primera oportunidad que se le presente por temor a no tener otra.
—Bien, si se casa con Ralph, espero que él tenga más éxito que su hermano Billy —reflexionó Ana.
—Por ejemplo —dijo Gilbert, riendo—, esperemos que pueda declarársele por su propia cuenta. Ana, ¿te habrÃas casado con Billy, si él se te hubiera declarado personalmente, en lugar de pedirle a Jane que lo hiciera por él?
—PodrÃa ser —dijo Ana, estallando en una carcajada al recordar esa primera declaración—. La sorpresa de semejante acto podrÃa haberme hipnotizado y haberme llevado a hacer una tonterÃa. Demos gracias a que lo hiciera por encargo.
—Ayer recibà carta de George Moore —dijo Leslie, desde el rincón donde estaba leyendo.