Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Ah, ¿cómo está? —preguntó Ana, interesada y sin embargo con la sensación irreal de que preguntaba por alguien a quien no conocÃa.
—Está bien, pero se le hace muy difÃcil adaptarse a todos los cambios de su casa y a sus amigos de antes. En primavera volverá al mar. Lo tiene en la sangre, dice, y lo anhela. Pero me dijo algo que me alegró por él, pobrecito. Antes de irse en el Four Sisters estaba comprometido con una muchacha. No me habló de ella en Montreal porque dice que supuso que se habrÃa olvidado de él y se habrÃa casado con otro harÃa ya tiempo, y para él, por supuesto, el compromiso y el amor eran aún algo perteneciente al presente. Fue muy difÃcil para él, pero cuando llegó a su casa, se enteró de que ella no se habÃa casado y que todavÃa lo querÃa. Se casan este otoño. Voy a pedirle que la traiga; dice que quiere venir a ver el lugar donde vivió tantos años sin saberlo.
—Qué linda historia —dijo Ana, cuyo amor por lo romántico era inmortal—. Y pensar —agregó, con un suspiro de reproche a sà misma— que si yo me hubiera salido con la mÃa, George Moore nunca se habrÃa levantado de la tumba donde estaba enterrada su identidad. ¡Cómo luché contra la sugerencia de Gilbert! Bien, he sido castigada: ¡nunca jamás podré tener una opinión diferente de la de él! ¡Si lo intento, me aplastará arrojándome a la cara el caso de George Moore!