Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—¡Como si eso fuera suficiente para aplastar a una mujer! —se burló Gilbert—. Pero no te conviertas en mi eco, Ana. Un poquito de oposición le pone sal a la vida. No quiero una esposa como la de John MacAllister. No importa lo que diga él, ella en seguida dice, con esa vocecita opaca y sin vida: «¡Eso es muy cierto, John, por mi alma!».

Ana y Leslie rieron. La risa de Ana era plata y la de Leslie, oro, y la combinación de ambas era tan agradable como un acorde perfecto en música.

Susan, que llegó al final de las risas, les hizo eco con un sonoro suspiro.

—¿Qué es, Susan? ¿Qué sucede? —preguntó Gilbert.

—No le pasa nada al pequeño Jem, ¿no, Susan? —exclamó Ana, incorporándose, alarmada.

—No, no, tranquilícese, querida señora. Aunque algo sí ha sucedido. Dios santo, esta semana todo me ha salido mal. Arruiné el pan, como usted bien sabe, y quemé la mejor pechera del doctor y rompí la fuente grande. Y ahora, para colmo de males, me han mandado aviso de que mi hermana Matilda se ha roto una pierna y quiere que vaya a quedarme con ella un tiempo.

—Ay, cuánto lo lamento… Lamento que su hermana haya tenido un accidente, claro —exclamó Ana.


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