Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Ah, el hombre ha nacido para sufrir, querida señora. Eso suena como si tuviera que estar escrito en la Biblia, pero me dijeron que lo escribió una persona llamada Burns. Y no hay duda de que nacemos para tener problemas, es tan cierto como que las llamas flamean hacia arriba. En cuanto a Matilda, no sé qué pensar de ella. Ninguno de la familia se ha roto jamás una pierna. Pero, haya hecho lo que haya hecho, es mi hermana, y siento que es mi deber ir a cuidarla, si puede prescindir de mí unas semanas, querida señora.

—Por supuesto, Susan, por supuesto. Puedo conseguir a alguien para que me ayude mientras no esté.

—Si no puede, no iré, querida señora, a pesar de la pierna de Matilda. No quiero que usted se preocupe y que, como consecuencia, ese bendito niño sufra, por ninguna clase de piernas.

—Ah, pero tiene que ir a casa de su hermana en seguida, Susan. Puedo traer a una muchacha de la caleta para que me ayude por el momento.

—Ana, ¿me dejarías venir y quedarme contigo mientras Susan no esté? —exclamó Leslie—. ¡Por favor! Me encantaría y sería un acto de caridad de tu parte. Me siento muy sola en la granja. Hay tan poco que hacer, y de noche estoy peor que sola, estoy asustada y nerviosa a pesar de las puertas cerradas. Hace dos días anduvo rondando un vagabundo.


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