Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Ana se sintió muy impresionada por esto, e informó a Gilbert que tenÃa intención de convertirlo en una regla inflexible y que jamás, bajo ninguna circunstancia, le hablarÃa en media lengua a sus hijos. Gilbert estuvo de acuerdo con ella, e hicieron un solemne pacto sobre el tema, pacto que Ana violó sin vergüenza alguna apenas tuvo al pequeño Jem en brazos por primera vez. «¡Qué coshita tan preshiosha!», habÃa exclamado. Y habÃa continuado hablándole asà desde entonces. Cuando Gilbert se burlaba de ella, Ana se reÃa de Sir Oracle.
—Él nunca tuvo hijos, Gilbert, estoy segura; de lo contrario, jamás habrÃa escrito tantas tonterÃas. Es imposible evitar hablar en media lengua a un niño. Es natural y está bien. SerÃa inhumano hablarle a esas criaturas diminutas, suavecitas, aterciopeladas, como les hablamos a los muchachos grandes. Las criaturas necesitan amor y mimos y toda la media lengua que se les pueda hacer escuchar, y el pequeño Jem va a tener todo eso, coshita de mamá.
—Pero eres lo peor que he oÃdo jamás, Ana —protestó Gilbert, quien, no siendo madre sino apenas padre, no estaba todavÃa por completo convencido de que Sir Oracle estuviera equivocado—. Nunca oà nada igual al habla que utilizas con el niño.