Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Probablemente, no. Vete, vete. ¿No crié yo a tres pares de mellizos Hammond antes de cumplir once años? Sir Oracle y tú no sois más que teóricos sin sangre en las venas. Gilbert, ¡míralo! Me sonríe, sabe de lo que estamos hablando. Y el chiquitito dishe que la mamita teñe razón, ¿verdá?

Gilbert los rodeó con un brazo.

—¡Ay, las madres! —dijo—. ¡Las madres! Dios sabía lo que hacía cuando os hizo.

De modo que al pequeño Jem se le hablaba, se lo mimaba y se lo amaba, y progresó, como correspondía a un hijo de la casa de los sueños. Leslie estaba tan embobada con él como Ana. Cuando terminaban el trabajo y Gilbert no estaba cerca, se dedicaban a las desvergonzadas orgías de quererlo y al éxtasis de adorarlo, como en el momento en que Owen Ford las sorprendió.

Leslie fue la primera en darse cuenta de su presencia. Incluso en la media luz, Ana alcanzó a ver la súbita palidez que cubrió su hermoso rostro y que borró el rojo de los labios y de las mejillas.

Owen se acercó, ansioso, ciego por un momento a la presencia de Ana.

—¡Leslie! —dijo, tendiendo una mano.


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