Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Si no es lo correcto, no lo usaré —dijo, con un suspiro de pena por un sueño perdido.
—Ya que está decidida a casarse, señorita Cornelia —dijo Gilbert con toda solemnidad—, le daré los excelentes consejos para manejar a un esposo que mi abuela le dio a mi madre cuando se casó con mi padre.
—Bien, pienso que puedo manejar a Marshall Elliott —dijo la señorita Cornelia con placidez—. Pero escuchemos sus reglas.
—La primera es: atrápelo.
—Está atrapado. Continúe.
—La segunda es: aliméntelo bien.
—Con suficiente pastel. ¿Cuál sigue?
—La tercera y la cuarta son: no lo pierda de vista.
—Le creo —dijo la señorita Cornelia con énfasis.