Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Estas flores son tardías; florecen cuando todas las demás ya se han marchitado y retienen toda la calidez y el alma del verano —dijo Owen, arrancando algunos de los resplandecientes pimpollos a medio abrir—. La rosa es la flor del amor; así lo ha aclamado el mundo durante siglos. Las rosas rosadas son el amor esperanzado y expectante; las blancas son el amor muerto u olvidado, pero las rosas rojas, ah, Leslie, ¿qué son las rosas rojas?

—El amor triunfante —dijo Leslie en voz baja.

—Sí, el amor triunfante y perfecto. Leslie, tú sabes, tú comprendes. Te he amado desde el primer momento. Y yo sé que tú me amas. Pero quiero oírtelo decir, mi querida, ¡mi querida!

Leslie dijo algo en voz baja y trémula. Las manos y los labios de los dos se encontraron: era el momento supremo de sus vidas y, mientras estaban allí, en el viejo jardín, con sus muchos años de amor, pesares y gloria, él coronó los brillantes cabellos de ella con la rojísima rosa de un amor triunfante.

Al rato volvieron Ana y Gilbert, acompañados por el capitán Jim. Ana encendió algunas ramitas en el hogar, por amor a los espíritus del fuego, y todos se sentaron alrededor para pasar un rato de buena camaradería.

—Cuando me siento a mirar el fuego, es fácil creer que soy joven otra vez —dijo el capitán Jim.


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