Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Nunca lo sabría. A la mañana siguiente, Ana despertó y vio a Gilbert inclinado sobre ella, completamente vestido y con una expresión de preocupación en el rostro.
—¿Te han mandado a buscar? —preguntó, semidormida.
—No. Ana, tengo miedo de que haya pasado algo en la punta. Ya hace una hora que ha amanecido y el faro sigue encendido. Tú sabes que siempre ha sido motivo de orgullo para el capitán encenderlo apenas se pone el sol y apagarlo apenas sale.
Ana se incorporó, asustada. Por la ventana, vio la luz que parpadeaba, pálida, contra los cielos azules del alba.
—Tal vez se quedó dormido con el libro de la vida —dijo, preocupada—, o está tan absorto en él que olvidó el faro.
Gilbert negó con la cabeza.
—No sería típico del capitán Jim. De todos modos, voy a ir a ver.
—Espera un minuto y voy contigo —exclamó Ana—. Ah, sí, tengo que ir. El pequeño Jem dormirá una hora más todavía; llamaré a Susan. Puedes necesitar la ayuda de una mujer si el capitán Jim está enfermo.