Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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Era una mañana encantadora, llena de tintes y sonidos maduros y delicados a la vez. El puerto centelleaba y tenía hoyuelos como una niña; las blancas grullas sobrevolaban las dunas; más allá del banco de arena, el mar se veía resplandeciente y maravilloso. Los largos campos, junto a la costa, estaban cubiertos de rocío y frescos con esa primera, delicada y pura luz. El viento llegaba bailando y silbando por el canal para cubrir el hermoso silencio con una música aún más hermosa. De no haber sido por la estrella sobre la torre blanca, aquella temprana caminata habría sido un placer para Ana y Gilbert. Pero la hicieron suave y temerosamente.

Cuando llamaron, nadie les respondió. Gilbert abrió la puerta y entraron. La vieja habitación estaba silenciosa. Sobre la mesa estaban los restos del pequeño festín del día anterior. La lámpara seguía ardiendo en el rincón. Segundo Oficial estaba dormido bajo un rayo de sol, sobre el sofá.

El capitán Jim yacía en el sofá, con las manos entrelazadas sobre el libro de la vida, abierto en la última página y apoyado sobre su pecho. Tenía los ojos cerrados y en el rostro una mirada de una paz y una felicidad tan perfectas… la mirada de quien ha buscado y por fin ha encontrado lo que buscaba.

—¿Está dormido? —susurró Ana, con voz trémula.


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