Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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El capitán Jim puso el cazo al fuego y fue a buscar el pan y la manteca. A pesar de su entusiasmo, no se movía con la agilidad de antes. Sus movimientos eran lentos y vacilantes. Pero las muchachas no se ofrecieron a ayudarle. Sabían que lastimarían sus sentimientos.

—Habéis elegido la mejor noche para visitarme —dijo, mientras sacaba una torta del armario—. La madre del pequeño Joe me ha mandado una cesta llena de tortas y pasteles hoy. Dios bendiga a todas las buenas cocineras, lo digo siempre. Mirad esta preciosa torta, con ese baño y esas nueces. No siempre puedo recibir con tanto estilo. ¡Sentaos, muchachas, sentaos! «Bebamos una taza de felicidad por los buenos viejos tiempos».

Las muchachas se sentaron entre risas. El té estuvo a la altura de los mejores del capitán Jim. La torta de la madre del pequeño Joe era la última palabra en tortas; el capitán Jim fue el príncipe de los anfitriones encantadores, que no permitió que se le fueran los ojos al rincón donde esperaba el libro de la vida, con todo su boato de verdes y dorados. Pero cuando por fin la puerta se cerró tras Ana y Leslie, ellas supieron que fue directo a él, y mientras caminaban hacia la casa, se imaginaban el placer del anciano al pasar las páginas impresas donde su propia vida estaba retratada con todo el encanto y el color de la realidad misma.

—Me pregunto si le gustará el final, el final que yo sugerí —dijo Leslie.


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