Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos La estrella del faro seguÃa su vigilia nocturna; se envió un sustituto a la punta hasta que un gobierno sabihondo pudiera decidir cuál de los muchos candidatos era mejor para el puesto, o tenÃa la influencia más poderosa. Segundo Oficial se sentÃa cómodo en la casita, querido por Ana, Gilbert y Leslie y tolerado por Susan, a quien no le gustaban mucho los gatos.
—Puedo tolerarlo por el capitán Jim, querida señora, porque yo querÃa al anciano. Y me ocuparé de que tenga su comida y todos los ratones que caigan en las trampas. Pero no me pida que haga más que eso, querida señora. Los gatos son gatos, y, hágame caso, nunca serán otra cosa. Y al menos, mi querida señora, manténgalo lejos de nuestro hombrecito. ImagÃnese lo horrible que serÃa que le aspirara el aliento a la criaturita.
—Eso podrÃa considerarse una «gatástrofe» —dijo Gilbert.
—Ah, usted rÃase, mi querido doctor, pero no serÃa nada gracioso.
—Los gatos no aspiran el aliento de los niños —dijo Gilbert—. Eso no es más que una vieja superstición.