Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Qué hermoso, qué hermoso —murmuraba Ana—. Voy a amar Cuatro Vientos, Gilbert. ¿Dónde está nuestra casa?
—No podemos verla todavÃa… el cinturón de abedules que corre desde esa pequeña caleta la oculta. Queda a unos tres kilómetros de Glen St. Mary; hay un kilómetro y medio entre la casa y el faro. No tendremos muchos vecinos, Ana. Hay sólo una casa cerca de nosotros. ¿Te sentirás sola cuando yo no esté?
—No con ese faro y toda esa belleza de compañÃa. ¿Quién vive en esa casa, Gilbert?
—No lo sé. No da la sensación de que sus habitantes sean almas gemelas, ¿no es cierto, Ana?
La casa era una construcción grande, pintada de un verde tan chillón que el paisaje parecÃa descolorido en comparación. TenÃa un huerto detrás y un césped bien cuidado delante, pero, de alguna manera, daba sensación de desnudez. Tal vez la limpieza fuera la causa; todo estaba impecable: la casa, los establos, el huerto, el jardÃn, el césped y el sendero.
—No me parece probable que nadie que tenga ese gusto en pintura pueda ser muy afÃn —admitió Ana—, a menos que haya sido un accidente, como nuestro salón azul. Estoy segura de que aquà no hay niños, al menos. Está más ordenado que la casa del viejo Copp, en la carretera Tory, y jamás creà que verÃa algo más ordenado que aquello.