Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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No se habían encontrado con nadie en la carretera húmeda y roja que serpeaba a lo largo de la costa del puerto. Pero antes de llegar al cinturón de abedules que ocultaba su casa, Ana vio a una muchacha que llevaba una bandada de gansos, blancos como la nieve, por una colina de un verde aterciopelado que quedaba a su derecha. Grandes abetos crecían a lo largo de la colina. Entre los troncos, se atisbaban amarillos campos cosechados, destellos de dunas doradas y fragmentos de mar azul. La muchacha era alta y llevaba un vestido estampado celeste. Caminaba con agilidad y buen porte. Ella y sus gansos salieron del portón, al pie de la colina, en el momento en que pasaban Ana y Gilbert. Permaneció con la mano sobre la tranca del portón y los miró con fijeza, con una expresión que no acababa de llegar al interés pero tampoco descendía a la curiosidad. Por una fracción de segundo, a Ana le pareció que había incluso un velado toque de hostilidad en ella. Pero fue la belleza de la muchacha lo que hizo que Ana se sorprendiera; era tan guapa que habría llamado la atención en cualquier lado. No llevaba sombrero y tenía unas gruesas trenzas de brillantes cabellos del color del trigo maduro sujetas alrededor de la cabeza, como una corona; sus ojos azules parecían estrellas; el cuerpo, aun con su sencillo vestido estampado, era magnífico, y los labios tan rojos como el ramito de amapolas que llevaba en la cintura.


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