Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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Ana miró y por un momento olvidó a la muchacha de los ojos maravillosos llenos de resentimiento. La primera visión de su nuevo hogar fue un deleite para los ojos y el espíritu: parecía una gran caracola color crema arrojada sobre la costa del puerto. La silueta de los altos álamos de Lombardía que bordeaban la entrada se destacaba contra el cielo. Detrás de la casa, protegiendo el jardín del aliento demasiado intenso de los vientos del mar, había un nebuloso bosque de abetos, en el cual los vientos harían toda clase de extraña y misteriosa música. Como todos los bosques, parecía contener y ocultar secretos en sus rincones, secretos cuyo encanto sólo se adivina entrando y buscando con paciencia. Por fuera, brazos de un verde oscuro los mantienen ocultos a ojos curiosos o indiferentes.

Los vientos de la noche comenzaban sus danzas salvajes más allá del banco de arena; la aldea de pescadores, al otro lado del puerto, estaba cubierta de luces cuando Ana y Gilbert tomaron por la senda bordeada de álamos. La puerta de la casita se abrió y el cálido resplandor del fuego que ardía en el hogar destelló en la oscuridad. Gilbert tomó a Ana del brazo y la condujo al jardín a través del portoncito, entre los abetos de puntas rojizas, por el sendero rojo y hasta el escalón de arenisca de la puerta.

—Bienvenida a casa —susurró y, de la mano, cruzaron el umbral de su casa de los sueños.


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