Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Diana Wright, tres años mayor que la última vez que la vimos, ya es toda una señora. Pero sus ojos siguen igual de negros y brillantes, sus mejillas igual de encendidas y sus hoyuelos igual de encantadores que en aquellos días lejanos en que Ana Shirley y ella se juraron amistad eterna en el jardín de Orchard Slope. Tiene en brazos a una criatura de rizos negros, dormida, a quien el mundo de Avonlea conoce, desde hace dos felices años, como «la pequeña Ana Cordelia». La gente de Avonlea sabía por qué Diana le había puesto Ana, pero estaban muy intrigados por lo de «Cordelia». No había habido ninguna Cordelia en las familias Wright o Barry. La señora de Harmon Andrews dijo que suponía que Diana había encontrado el nombre en alguna tonta novela y se asombraba de que Fred no hubiera tenido mejor criterio y lo hubiera permitido. Pero Diana y Ana sonreían. Ellas sabían de dónde le venía el nombre a Ana Cordelia.
—Tú siempre has odiado la geometría —dijo Diana con una sonrisa—. Me imagino lo contenta que estarás por no tener que enseñar más.
