Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Ah, pero a mí siempre me ha gustado enseñar. Estos últimos tres años en Summerside han sido muy agradables. Cuando volví a casa, la señora de Harmon Andrews me dijo que no hallaría la vida de casada mucho mejor que la de maestra, como yo esperaba. Evidentemente ella comparte la opinión de Hamlet acerca de que puede ser mejor soportar los males que nos afligen antes que lanzarnos a otros que desconocemos.
La risa de Ana, tan alegre e irresistible como antes pero ahora con una pizca de dulzura y madurez, resonó en la buhardilla. Marilla, que estaba en la cocina preparando mermelada de ciruelas moradas, la oyó y sonrió; suspiró al pensar con qué poca frecuencia resonaría esa risa querida en Tejas Verdes en los próximos años. Nada la había alegrado tanto como saber que Ana se casaría con Gilbert Blythe; pero toda alegría trae consigo su pequeña sombra de pena. Durante los tres años pasados en Summerside, Ana había ido a casa a pasar las vacaciones y los fines de semana pero, ahora, no podían esperar más de dos visitas al año.
—No permitas que lo que diga la señora de Harmon te preocupe —dijo Diana con la serena actitud de quien lleva cuatro años casada—. La vida de casada tiene sus altibajos, por supuesto. No esperes que todo vaya siempre a las mil maravillas. Pero te aseguro, Ana, que es una vida feliz si estás casada con el hombre que quieres.
