Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos »Yo no lo entendà y entonces me lo explicó, aunque seguà sin entenderle mucho. Me dijo que él tenÃa un don, o una maldición. Ésas fueron sus palabras, señora Blythe: un don o una maldición. No sabÃa cómo considerarlo. Me dijo que una tatarabuela suya también lo tenÃa y que la habÃan quemado por bruja. Me contó que de vez en cuando se sumÃa en extraños encantamientos, trances, creo que fue la palabra que utilizó él. ¿Existen esas cosas, doctor?
—Es cierto que hay personas que pueden caer en trance —respondió Gilbert—. Pero el tema pertenece más a la investigación psÃquica que a la medicina. ¿Cómo eran los trances de John Selwyn?
—Como sueños —dijo el viejo doctor, escéptico.
—Me dijo que podÃa ver cosas en ellos —dijo el capitán Jim en voz baja—. Atención, yo digo lo que él me decÃa: cosas que estaban sucediendo, o cosas que iban a suceder. Dijo que a veces eran un consuelo para él y a veces un horror. Cuatro noches antes de esta conversación, habÃa tenido uno; entró en trance mientras estaba sentado mirando el fuego. Y vio una vieja habitación que él conocÃa bien, en Inglaterra, y a Persis Leigh en ella, tendiéndole las manos alegre y feliz. Por eso supo que tendrÃa buenas noticias de ella.
—Un sueño, un sueño —se burló el viejo doctor.