Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Entonces, vendré. Vendré a molestarlos a cualquier hora. Y será para mà motivo de orgullo que vengan a visitarme de vez en cuando. En general, no tengo con quién hablar, más que con Segundo Oficial, bendito sea. Sabe escuchar y ha olvidado más cosas de las que ha sabido nunca cualquiera de los MacAllister, pero no es un gran conversador, que digamos. Ustedes son jóvenes y yo soy viejo, pero nuestras almas son más o menos de la misma edad, creo. Pertenecemos a la raza que conoce a José, como dirÃa Cornelia Bryant.
—¿La raza que conoce a José? —preguntó Ana, intrigada.
—SÃ. Cornelia divide a todos los que habitan el mundo en dos clases: la raza que conoce a José y la raza que no lo conoce. Si una persona coincide con uno, y tiene más o menos las mismas ideas sobre las cosas y el mismo gusto para las bromas, bien, entonces pertenece a la raza que conoce a José.
—Ah, entiendo —exclamó Ana—. Es lo que yo solÃa llamar, y todavÃa llamo, entre comillas, «almas gemelas».