Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Exacto, exacto —concedió el capitán Jim—. Nosotros lo somos, somos eso. Cuando usted vino hoy, señora Blythe, me dije a mà mismo: «SÃ, es de la raza que conoce a José». Y me alegré mucho, porque de no haber sido asà no habrÃamos encontrado una satisfacción real en nuestra compañÃa. La raza que conoce a José es la sal de la tierra, creo.
La luna acababa de aparecer cuando Ana y Gilbert acompañaron a sus visitas hasta la puerta. El Puerto de Cuatro Vientos comenzaba a ser un ensueño fascinante, un puerto encantado donde ninguna tormenta puede azotar. Los álamos de LombardÃa, a lo largo de la senda de entrada, altos y sombrÃos como las formas clericales de una banda mÃstica, estaban coronados de plata.
—Siempre me han gustado los álamos de LombardÃa —dijo el capitán Jim, señalando con un largo brazo—. Son los árboles de las princesas. Ahora no están de moda. La gente se queja de que se secan de la punta y se tornan feos. Y asà es, asà es, si uno no arriesga el cuello todas las primaveras y se sube a una escalera alta para podarlos. Yo siempre lo hacÃa para la señorita Elizabeth, por eso sus álamos de LombardÃa nunca estuvieron feos. Ella los querÃa mucho. Le gustaba su dignidad y su reserva. Ellos no se codeaban con cualquiera. Si para la compañÃa se buscan los arces, señora Blythe, deben buscarse los álamos de LombardÃa para la sociedad.