Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos Las risas de las buenas noches se desvanecieron. Ana y Gilbert caminaron de la mano por su jardín. El arroyo que lo atravesaba dibujaba motitas cristalinas en las sombras de los abedules. Las amapolas que crecían en la orilla eran como copas depositarías de la luz de luna. Flores que habían sido plantadas por las manos de la esposa del maestro de escuela lanzaban su dulzura hacia el aire ensombrecido, como la belleza y la bendición de sagrados ayeres. Ana se detuvo en la penumbra para recoger una ramita.
—Me encanta oler flores en la oscuridad —dijo—. Es cuando puedes apoderarte de tu alma. Oh, Gilbert, esta casita es lo que siempre he soñado. ¡Y me alegro mucho de que no seamos los primeros en hacer nuestros votos matrimoniales aquí!