Ana y la casa de sus suenos
Ana y la casa de sus suenos —Bueno, «ése será un placer mayor por haber tardado» —citó Ana—. Me alegro de que hayamos decidido pasar la luna de miel aquÃ. Nuestros recuerdos estarán siempre aquÃ, en nuestra casa de los sueños, en lugar de estar dispersos por lugares extraños.
HabÃa en la atmósfera de su nuevo hogar un cierto dejo de romance y aventura que Ana nunca habÃa hallado en Avonlea. En Avonlea, aunque ella habÃa vivido teniendo el mar a la vista, éste no habÃa entrado Ãntimamente en su vida. En Cuatro Vientos la rodeaba y la llamaba constantemente. Desde cada ventana de su nueva casa, veÃa algún aspecto diferente de él. TenÃa siempre en los oÃdos su persistente murmullo. HabÃa barcos que llegaban al puerto todos los dÃas, o volvÃan a irse a través del crepúsculo, rumbo a puertos que podÃan estar al otro lado del planeta. Todas las mañanas, los barcos pesqueros salÃan con sus blancas velas por el canal y volvÃan cargados al atardecer. Marineros y pescadores recorrÃan, con el corazón ligero y contento, las rojas y serpenteantes calles del puerto. HabÃa siempre cierta sensación de que iban a suceder cosas, aventuras y viajes. El estilo de Cuatro Vientos era menos sobrio y menos rÃgido que el de Avonlea; los vientos del cambio soplaban sobre él; el mar llamaba a los moradores de la costa, e incluso aquellos que no respondÃan a la llamada sentÃan igualmente la emoción, la inquietud y el misterio.