Ana y la casa de sus suenos

Ana y la casa de sus suenos

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—Ahora entiendo por qué algunos hombres no pueden evitar embarcarse —dijo Ana—. Ese deseo que nos viene a todos en algún momento, «navegar más allá de los confines del ocaso», ha de ser muy fuerte cuando nace en alguien. No me extraña que el capitán Jim se dejara llevar por él. Nunca veo salir un barco del canal o volar una gaviota por encima del banco de arena sin desear estar a bordo del barco o tener alas, no como una paloma, «para irme volando y descansar», sino como una gaviota, para meterme en el corazón mismo de una tormenta.

—Te quedarás aquí conmigo, pequeña —dijo Gilbert, con pereza—. No voy a permitir que te vayas volando y te metas en el corazón de las tormentas.

Estaban sentados en el escalón de piedra arenisca roja en la puerta de la casa, a última hora de la tarde. Había una gran serenidad en todas partes, en la tierra, en el mar y en el cielo. Varias gaviotas plateadas volaban por encima de ellos. El horizonte estaba adornado con largas estelas de frágiles nubes rosadas. En el aire quieto se entretejía el susurrante estribillo de vientos y olas. Pálidas margaritas se agitaban en los campos agostados y en sombras que se extendían entre ellos y el puerto.


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