El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —Las damas no dicen esas cosas —dijo Faith con un recato nada usual en ella.
—No es correcto —susurró Una.
—Yo no soy una dama —dijo Mary—. ¿Qué oportunidad he tenido de ser una dama? Pero no volveré a decirlo si puedo evitarlo. Lo prometo.
—Además —agregó Una—, no puedes esperar que Dios conteste tus plegarias si tomas Su nombre en vano, Mary.
—Yo no espero que me las conteste de ninguna manera —dijo Mary, la de poca fe—. Hace una semana que le pido que arregle el asunto ése de la señora Wiley y no ha hecho nada. Voy a rendirme.
En ese momento apareció Nan, sin aliento.
—Ay, Mary, tengo noticias para ti. La señora Elliott fue al otro lado del puerto y ¿a que no sabes lo que averiguó? La señora Wiley ha muerto, la encontraron muerta en la cama la mañana siguiente a tu fuga. Asà que nunca tendrás que volver con ella.
—¡Muerta! —exclamó Mary con asombro. Luego se estremeció—. ¿Te parece que mis plegarias tuvieron algo que ver? —exclamó, suplicante, dirigiéndose a Una—. Si es asÃ, no volveré a rezar mientras viva. Puede volver de entre los muertos a asustarme.
—No, no, Mary —la consoló Una—, no tuvo nada que ver. La señora Wiley murió mucho antes de que tú comenzaras a rezar.