El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —No creo que tuvieran ninguna virtud —dijo Mary, sombrÃa—. Al menos, yo nunca supe de ninguna. Mi abuelo tenÃa dinero, pero dicen que era un sinvergüenza. No, voy a tener que empezar desde cero y hacer lo que pueda.
—Y Dios te ayudará, recuérdalo, Mary, si se lo pides.
—De eso no estoy tan segura.
—Ay, Mary. Sabes que le pedimos a Dios que te consiguiera una casa y Él te la consiguió.
—No entiendo qué tuvo que ver con la casa —replicó Mary—. Fuiste tú la que le metiste la idea en la cabeza a la señora Elliott.
—Pero Dios puso esa idea en su corazón. Por más que yo se la hubiera puesto en la cabeza, no habrÃa servido de nada sin Su intervención.
—Bueno, puede ser —admitió Mary—. Mira que yo no tengo nada en contra de Dios, Una. Estoy dispuesta a darle una oportunidad. Pero, en serio, yo lo encuentro muy parecido a tu padre: distraÃdo y sin fijarse en nadie la mayorÃa del tiempo. A veces se despierta de repente y entonces es muy bueno, amable y sensato.
—¡Ay, Mary, no! —exclamó Una, horrorizada—. Dios no es en absoluto como papá. Quiero decir, es mil veces mejor y más bondadoso.