El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —Es muy bien parecido, mi querida señora, y, para decirle la verdad, a mà me gusta ver un hombre bien parecido en el púlpito.
—Además —dijo la señorita Cornelia—, estábamos ansiosos por decidir el tema. Y el señor Meredith fue el primer candidato sobre el que todos estuvimos de acuerdo. Alguien tenÃa siempre alguna objeción sobre todos los demás. Se habló de llamar al señor Folsom. Él también predicaba bien, pero a la gente no le gusta su apariencia. Es demasiado oscuro e insÃpido.
—Era idéntico a un gran gato negro, lo era, mi querida señora —aseveró Susan—. Yo no podrÃa contemplar a semejante hombre en el púlpito todos los domingos.
—Después vino el señor Rogers, que era como un grumo en el cereal del desayuno: ni malo ni bueno —resumió la señorita Cornelia—. Pero, aunque hubiera predicado como Pedro y Pablo, no le habrÃa valido de nada, porque aquel dÃa la oveja del viejo Caleb Ramsay se metió en la iglesia y lanzó un sonoro balido justo en el momento en que anunciaba su texto. Todos rieron y el pobre Rogers ya no tuvo la menor posibilidad. Algunos pensaron que debÃamos llamar al señor Stewart, que es muy educado. Es capaz de leer el Nuevo Testamento en cinco idiomas.