El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —¿Qué van a comer tus hijos, entonces? —preguntó Una—. Los niños tienen que comer cereal, porque si no no crecen. Lo dice todo el mundo.
—Tendrán que arreglárselas sin eso o quedarse enanos —replicó Faith con firmeza—. Escucha, Una, tú revuélvelo mientras yo pongo la mesa. Si lo dejo un minuto, esto se quema. Son las nueve y media. Llegaremos tarde a la escuela dominical.
—TodavÃa no he visto a nadie pasar por la calle —dijo Una—. No vamos a ser muchos. Mira cómo llueve. Y cuando no hay sermón la gente no viene de lejos a traer a sus hijos.
—Ve a llamar a Carl —dijo Faith.
Carl, al parecer, tenÃa dolor de garganta, provocado por mojarse en el pantano del Valle del Arco Iris el dÃa anterior mientras perseguÃa libélulas. HabÃa llegado a casa con las botas y los calcetines empapados y se quedó toda la tarde sin cambiarse. No pudo ni desayunar y Faith lo mandó de vuelta a la cama. Una y ella dejaron la mesa como estaba y se fueron a la escuela dominical. No habÃa nadie en el aula cuando llegaron y no fue nadie. Esperaron hasta las once y regresaron a su casa.
—En la escuela dominical metodista parece que tampoco hay nadie —comentó Una.