El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —¿Vieron qué? —preguntó Marshall.
—Faith y Una Meredith no fueron a la escuela dominical esta mañana y se pusieron a limpiar la casa —dijo la señorita Cornelia con acento desolado—. Cuando el vicario Abraham volvÃa a su casa desde la iglesia (se habÃa retrasado para arreglar los libros de la biblioteca), las vio sacudiendo alfombras en el cementerio metodista. No podré volver a mirar a un metodista a la cara. ¡Piensa en el escándalo!
Y sà que fue un escándalo, que crecÃa más y más a medida que se extendÃa, hasta que los del otro lado del puerto se enteraron de que las niñas de la rectorÃa no sólo habÃan limpiado la casa y lavado ropa un domingo sino que además habÃan coronado la jornada con una merienda en el cementerio mientras se desarrollaba la escuela dominical de los metodistas. La única casa en la que se ignoraba inocentemente la terrible nueva era en la rectorÃa. El dÃa que Faith y Una firmemente creÃan que era martes volvió a llover, y llovió los tres dÃas siguientes; nadie se acercó a la rectorÃa; los de la rectorÃa no fueron a ningún lado; podrÃan haber cruzado el Valle del Arco Iris a Ingleside, pero toda la familia Blythe, salvo Susan y el doctor, habÃa ido de visita a Avonlea.
—Esto es lo último que nos queda de pan —dijo Faith—, y no tenemos más «otravez». Si la tÃa Martha no mejora pronto, ¿qué haremos?