El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —Yo no sabÃa que habÃa bosques en el cielo —declaró Mary con un largo suspiro—. Pensaba que sólo habÃa calles, calles y más calles.
—Claro que hay bosques —terció Nan—. Mamá no puede vivir sin árboles, y yo tampoco; ¿de qué servirÃa ir al cielo si no hubiera árboles?
—También hay ciudades —dijo el joven soñador—, ciudades espléndidas, del mismo color que el ocaso, con torres de zafiro y cúpulas irisadas. Están hechas de oro y diamantes, calles enteras de diamantes, que refulgen como el sol. En las plazas hay fuentes de cristal a las que besa la luz y en todas partes hay capullos de asfódelo, la flor del cielo.
—¡Fantástico! —saltó Mary—. Yo vi la calle principal de Charlottetown una vez y me pareció impresionante, pero supongo que no es nada comparada con el cielo. Bueno, todo parece maravilloso contado por ti, pero ¿no será un poco aburrido, también?
—Ah… supongo que podremos divertirnos un poco cuando los ángeles estén de espaldas —acotó Faith.
—El cielo es todo diversión —declaró Di.
—La Biblia no lo dice —exclamó Mary, que habÃa leÃdo tanto la Biblia los domingos por la tarde bajo la mirada atenta de la señorita Cornelia que ahora se consideraba una autoridad en la materia.
—Mamá dice que el idioma de la Biblia es figurativo —intervino Nan.