El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris La señorita Cornelia empezó a ponerse en pie y volvió a sentarse. Su banco estaba muy atrás y se dio cuenta de que cualquier cosa que Faith tuviera intenciones de hacer o decir habría sido medio hecha o dicha antes de que ella pudiera llegar hasta ella. No tenía sentido hacer una exhibición peor de lo que tenía que ser. Con una mirada angustiada en dirección a la esposa del doctor Blythe y otra al vicario Warren, de la Iglesia metodista, la señorita Cornelia se resignó a otro escándalo.
«Si al menos esa niña estuviera vestida decentemente», gimió su espíritu.
Faith, que se había derramado tinta sobre su vestido bueno, se puso, sin inmutarse, uno viejo de un desteñido rosa. Había un desgarrón remendado con hilo de hilvanar color escarlata y en algún momento le habían sacado el dobladillo, con lo cual una franja de tela no desteñida bordeaba la falda. Pero Faith no pensaba en su ropa. De pronto se había puesto nerviosa. Lo que parecía fácil en la imaginación era bastante difícil en la realidad. Enfrentada a todos aquellos ojos fijos e inquisitivos, estuvo a punto de perder el valor. Las luces eran tan fuertes y el silencio tan sobrecogedor que pensó que después de todo no podría hablar. Pero debía hablar, tenía que librar a su padre de toda sospecha. Sólo que… las palabras se negaban a obedecerla.