El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —No tengo objeción a que seas su amiga —concedió Ellen—, pero no debe ir más allá de la amistad, recuérdalo. Yo siempre sospecho de los viudos. Ellos no son propensos a tener ideas románticas sobre la amistad. Lo más probable es que quieran ir al grano. En cuanto al presbiteriano éste, ¿por qué dicen que es tÃmido? No tiene nada de tÃmido, aunque puede que sea distraÃdo, tan distraÃdo que se olvidó de darme las buenas noches cuando tú comenzaste a acompañarlo a la puerta. Tiene cabeza, además. ¡Hay tan pocos hombres en los alrededores que puedan hablar con un poco de sentido! He disfrutado de la velada. No me molestarÃa verlo con cierta frecuencia. Pero nada de romances, Rosemary, atención, nada de romances.
Rosemary estaba acostumbrada a que Ellen le advirtiera lo mismo no bien hablaba cinco minutos con cualquier hombre disponible menor de ochenta años o mayor de dieciocho. Ella siempre se habÃa burlado de la advertencia sin disimular la gracia que le hacÃa. Esta vez no le hizo ninguna gracia: la irritó. ¿A quién le interesaban los romances?
—No seas tan tonta, Ellen —dijo con desusada brusquedad, cogiendo su lámpara. Subió la escalera sin dar las buenas noches.
Ellen sacudió la cabeza, dubitativa, y miró al gato negro.