El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —Lo peor es que nunca están decentemente vestidos —suspiró la señorita Cornelia—. Y desde que se fue la nieve van a la escuela descalzos. Ahora bien, tú sabes, querida Ana, que eso no es correcto para niños de una rectorÃa, en especial cuando la hija del pastor metodista siempre lleva unas botas abotonadas tan bonitas. ¡Y cómo me gustarÃa que no jugaran en el viejo cementerio metodista!
—Es muy tentador, ya que está pegado a la rectorÃa —adujo Ana—. Yo siempre he pensado que los cementerios han de ser lugares deliciosos para jugar.
—No, usted no puede pensar eso, mi querida señora —protestó la leal Susan, decidida a proteger a Ana de sà misma—. Tiene demasiado buen sentido y decoro como para eso.
—¿Por qué construyeron la rectorÃa al lado del cementerio, para empezar? —preguntó Ana—. El jardÃn es tan pequeño que no tienen sitio para jugar.