El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —SÃ, fue un error —admitió la señorita Cornelia—. Pero se consiguió el terreno barato. Y nunca antes se les habÃa ocurrido a otros niños que vivieron en la rectorÃa jugar allÃ. El señor Meredith no tendrÃa que permitirlo. Pero siempre anda con la nariz hundida en un libro. Lee y lee, o camina por su estudio como en sueños. Hasta la fecha no se ha olvidado de estar en la iglesia ningún domingo, pero dos veces se olvidó de la reunión de oración y uno de los vicarios tuvo que ir a la rectorÃa a recordárselo. También se olvidó de la boda de Fanny Cooper. Lo llamaron por teléfono y entonces salió corriendo tal como estaba, con pantuflas y todo. No importarÃa si no fuera porque los metodistas se rÃen tanto. Pero hay un consuelo: no pueden criticarle los sermones. Se despierta cuando está en el púlpito, puedes creerme. Y el pastor metodista no sabe predicar, según me han dicho. Yo nunca lo he escuchado, gracias a Dios.
El desprecio de la señorita Cornelia por los hombres habÃa disminuido algo desde su boda, pero su desprecio por los metodistas continuaba sin flaquear. Susan sonrió disimuladamente.
—Dicen, señora Elliott, que los metodistas y los presbiterianos están hablando de unirse —aventuró.