El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Para Faith, tomar una decisión era actuar. No perdió tiempo en poner en práctica su idea. Al día siguiente, apenas regresó a casa de la escuela, salió de la rectoría y cogió el camino que cruzaba Glen. Walter Blythe se le unió cuando pasaba por Correos.
—Voy a casa de la señora Elliott con un recado de mi madre —dijo él—. ¿Dónde vas tú, Faith?
—A la iglesia —dijo Faith, altiva. No proporcionó más información y Walter se sintió dejado de lado. Caminaron en silencio durante un rato. Era un cálido y ventoso atardecer con un aire dulce y resinoso. Más allá de las dunas había mares grises, suaves y hermosos. El arroyo de Glen arrastraba una carga de hojas doradas y rojas, como canoas de hadas. En los trigales hechos rastrojos del señor James Reese, con sus hermosos tonos de rojos y marrones, tenía lugar una reunión de cuervos en la que se llevaban a cabo solemnes deliberaciones referidas al bienestar en el país de los cuervos. Faith interrumpió cruelmente la augusta asamblea trepando al cerco y arrojándoles un trozo de verja rota. Al instante, el aire se llenó de batientes alas negras y graznidos indignados.
—¿Por qué has hecho eso? —le recriminó Walter—. Lo estaban pasando muy bien.
