El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Mary Vance caminaba por el valle con la cabeza alta. Lucía un nuevo sombrero de terciopelo con un moño escarlata, una chaqueta de paño azul marino y un manguito de piel de ardilla. Estaba muy pendiente de su ropa nueva y muy satisfecha de sí misma. Tenía los cabellos elaboradamente rizados, la cara rellena, las mejillas sonrosadas y los blancos ojos resplandecientes. No se parecía mucho a la desamparada y harapienta huérfana que los Meredith habían encontrado en el viejo granero de los Taylor. Una intentó no sentir envidia. Ahí estaba Mary con un sombrero nuevo de terciopelo, pero ese invierno Faith y ella tendrían que ponerse otra vez sus viejas y gastadas boinas grises. Nadie pensaba nunca en comprarles boinas nuevas y ellas temían pedirle al padre por temor a que no tuviera el dinero y se sintiera mal. Una vez, Mary les había dicho que los pastores siempre andaban escasos de dinero y que les resultaba muy difícil llegar a fin de mes. Desde entonces Faith y Una habrían vestido harapos antes que pedirle a su padre cualquier cosa si podían evitarlo. No se preocupaban mucho por su propio estado zarrapastroso, pero era bastante irritante ver a Mary Vance vestida con tanto lujo y dándose aires. El nuevo manguito de piel de ardilla era la gota que colmaba el vaso. Ni Faith ni Una habían tenido un manguito jamás y se consideraban afortunadas si podían tener mitones sin agujeros. La tía Martha no veía lo suficiente para remendar, y aunque Una lo había intentado, era mala costurera. La cuestión es que el recibimiento que le otorgaron a Mary no fue muy cordial. Pero a Mary no le importó o no se dio cuenta; no era demasiado sensible. De un salto se instaló en el pino y dejó el insultante manguito sobre una rama. Una vio que estaba forrado en satén rojo y tenía borlas rojas. Se miró las manitas enrojecidas y agrietadas y se preguntó si alguna vez podría ponerlas dentro de un manguito como aquél.