El Valle del Arco Iris

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La untuosa y complacida voz del señor Perry siguió su perorata. Estaba en su elemento. Nada le gustaba más que exponer la ley, ejercer su autoridad moral e instar a la gente a hacer cosas. No tenía la menor intención de dejar de hablar, y no lo hizo. Estaba en pie delante del fuego, con los pies plantados sobre la alfombra, soltando su catarata de pomposos lugares comunes. Faith no oyó ni una palabra. En realidad, no estaba escuchándolo. Miraba los largos faldones de su frac con un creciente y travieso deleite en los ojos castaños. El señor Perry estaba demasiado cerca del fuego. Los faldones comenzaron a chamuscarse… a echar humo. Él continuaba su perorata, envuelto en su propia elocuencia. De los faldones salía más humo. Una chispa saltó del fuego y aterrizó en la mitad de uno. Se pegó y se convirtió en un fuego sin llama. Faith ya no pudo contenerse y estalló en una carcajada ahogada.

El señor Perry se detuvo en seco, enojado por la impertinencia. De pronto tuvo conciencia del olor a tela quemada que llenaba la habitación. Giró en redondo y no vio nada. Entonces se llevó las manos a los faldones y los llevó hacia adelante. Ya había un agujero en uno de ellos; y era su traje nuevo. Faith se estremecía con una risa imparable al ver la pose y la expresión del reverendo.

—¿Te habías dado cuenta de que se me estaban quemando los faldones? —preguntó con irritación.


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