El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Era el sábado por la noche y no era frecuente que fuera de visita los sábados, momento supuestamente dedicado a una exhaustiva revisión del sermón del domingo. Pero habÃa elegido esa noche porque se enteró de que Ellen West saldrÃa y Rosemary estarÃa sola. A pesar de haber pasado veladas tan agradables en la casa de la colina, nunca, desde aquella primera vez, habÃa vuelto a hablar a solas con Rosemary. Ellen estaba siempre presente.
No es que a él le molestara exactamente su presencia. Le gustaba mucho Ellen West y los dos eran muy buenos amigos. Ellen tenÃa una capacidad de comprensión casi masculina y un sentido del humor que a él, con su tÃmido y oculto gusto por lo divertido, le resultaba muy agradable. Le gustaba su interés por la polÃtica y los problemas mundiales. No habÃa hombre en Glen, ni siquiera el doctor Blythe, que comprendiera con tanta claridad esos asuntos.
«A mà me parece que es bueno interesarse en las cosas mientras uno está vivo —habÃa dicho Ellen—. Si no te interesas por nada, no veo demasiada diferencia entre los vivos y los muertos».