El Valle del Arco Iris

El Valle del Arco Iris

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A él le gustaba su voz agradable, profunda y sonora; le gustaba la franca carcajada con la cual siempre terminaba alguna historia divertida y bien contada. Nunca le hacía observaciones sobre sus hijos como otras mujeres de Glen; nunca lo aburría con chismes locales; carecía de malicia y de mezquindad. Siempre era sincera. El señor Meredith, que había adoptado el sistema de la señorita Cornelia para clasificar a la gente, consideraba que Ellen pertenecía a la raza de José. En suma, una mujer admirable para tener de cuñada. No obstante, un hombre no quiere cerca ni a la más admirable de las mujeres cuando tiene intenciones de declarársele a otra. Y Ellen estaba siempre cerca. No insistía en acaparar la atención del señor Meredith todo el tiempo. Le dejaba a Rosemary una justa proporción de él. Muchas veladas, incluso, Ellen se hacía casi totalmente a un lado, sentándose en un rincón con Saint George en la falda, y permitiendo que el señor Meredith y Rosemary hablaran, cantaran y leyeran juntos. A veces ellos casi se olvidaban de su presencia. Pero si la conversación o la elección de algún dueto llegaba a traicionar la menor tendencia hacia lo que Ellen consideraba romántico, en seguida cortaba por lo sano y anulaba a Rosemary durante el resto de la velada. Pero ni siquiera el dragón más terrible puede impedir cierto sutil lenguaje de miradas, de sonrisas, de elocuentes silencios, y así fue como el galanteo del pastor fue avanzando.


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