El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Lida había pensado quedarse un rato charlando con las chicas de muchas cosas. Pero ahora pensó que sería mejor irse antes de que viniera alguien y la obligara a devolver el botín. De manera que se retiró en medio del helado crepúsculo tan silenciosa y oscuramente como había llegado. Apenas estuvo fuera del alcance de la rectoría se sentó, se quitó medias y zapatos y los puso en la canasta de los arenques. No tenía intenciones de dejárselos puestos por el sucio camino del puerto. Los cuidaría para ocasiones especiales. Ninguna otra niña del puerto tenía unas medias negras de lana tan bonitas ni zapatos tan elegantes, casi nuevos. Lida estaba equipada para el verano. No tenía remordimiento alguno. A sus ojos, los de la rectoría eran fabulosamente ricos, y sin duda esas niñas tenían cantidades de medias y zapatos. Entonces corrió hasta el pueblo de Glen y jugó durante una hora con los varones frente a la tienda del señor Flagg, chapoteando en un charco de barro con los más traviesos, hasta que la señora Flagg apareció y le dijo que se fuera a casa.
—Faith, creo que no tendrías que haber hecho eso —le reprochó Una cuando se quedaron solas—. Tendrás que ponerte las botas buenas todos los días y se te romperán en seguida.