El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —No me importa —exclamó Faith, aún envuelta en el delicioso calor de haber sido bondadosa con un semejante—. No es justo que yo tenga dos pares de zapatos y la pobre Lida Marsh no tenga ninguno. Ahora las dos tenemos un par. Sabes perfectamente bien, Una, que papá dijo en el sermón del domingo pasado que no hay verdadera felicidad en conseguir o tener, sólo en dar. Y es cierto, yo me siento mucho más feliz ahora que en toda mi vida. Piensa en la pobre Lida caminando hasta su casa en estos precisos instantes con los pies calentitos y abrigados.
—Sabes que no tienes otro par de medias de lana —insistió Una—. El otro que tenÃas estaba tan lleno de agujeros que la tÃa Martha dijo que no podÃa coserlas y les cortó las piernas para usarlas de trapo. No tienes más que esos dos pares de medias de rayas que detestas.
Todo el delicioso calor y la exaltación de Faith se desvanecieron en la nada. Su alegrÃa se desmoronó como un globo pinchado. Permaneció unos terribles minutos en silencio, enfrentada a las consecuencias de su apresurado acto.
—Ay, Una, no lo pensé —dijo, triste—. No se me ocurrió.