El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —No me diga que no ha sido culpa de la vieja Martha, mi querida señora —le dijo a Ana—. Supongo que esa pobre niñita no tenÃa ningún par decente de medias para ponerse. Supongo que todas las medias que tiene están llenas de agujeros, como usted bien sabe que están. Y pienso, mi querida señora, que la Asociación de Damas de Beneficencia harÃa mejor en tejerles algunos pares antes que pelear por la nueva alfombra para la plataforma del púlpito. No pertenezco a la Asociación, pero le voy a tejer a Faith dos pares de medias con esa preciosa lana negra con toda la rapidez que me den los dedos, y eso se lo aseguro. Jamás olvidaré lo que sentÃ, mi querida señora, al ver a la hija de un pastor caminando por el pasillo de nuestra iglesia sin medias. De verdad que no supe ni para dónde mirar.
—Y además ayer, que la iglesia estaba llena de metodistas —gimió la señorita Cornelia, que habÃa ido a Glen a hacer algunas compras y corrió a Ingleside a hablar del asunto—. Yo no sé cómo funciona, pero basta que esos chicos de la rectorÃa hagan algo especialmente espantoso para que la iglesia esté llena de metodistas. Creà que a la esposa del diácono Hazard se le iban a salir los ojos de las órbitas. Cuando salió de la iglesia dijo: «Bueno, esa exhibición fue casi una indecencia. Realmente, los presbiterianos me dan pena». Y nosotros tuvimos que tragárnoslo. No podÃamos decir nada.