El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Faith y Una quedaron atónitas. Se sintieron inclinadas a pensar que hasta la agonÃa comparativamente corta pero intensa de Carl era un castigo ligero comparado con esa larguÃsima prueba. ¡Una semana entera de pan apelmazado sin la gracia salvadora de la mermelada! Pero el club no permitÃa quejas. Las chicas aceptaron su destino con toda la filosofÃa de que fueron capaces.
Aquella noche todos se fueron a la cama a las nueve menos Carl, que ya estaba velando en la tumba. Una se escabulló para ir a darle las buenas noches. Su tierno corazón estaba deshecho de pena.
—Ay, Carl, ¿estás muy asustado? —susurró.
—En absoluto —aseguró Carl, airoso.
—Yo no dormiré hasta las doce —dijo Una—. Si te sientes solitario, mira hacia nuestra ventana y recuerda que yo estoy allÃ, despierta, pensando en ti. Eso será un poco de compañÃa, ¿no?
—Estaré bien. No te preocupes por mà —dijo Carl. Pero, a pesar de sus valientes palabras, se sintió un niño muy solitario cuando se apagaron las luces de la rectorÃa. HabÃa tenido esperanzas de que su padre estuviera en el estudio, como tantas veces. Entonces no se sentirÃa solo. Pero aquella noche el señor Meredith habÃa sido llamado al pueblo de pescadores en el puerto para ver a un moribundo. No era probable que regresara hasta después de la medianoche. Carl deberÃa sufrir su suerte solo.