El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Carl se acurrucó sobre la tumba, con las piernas debajo del cuerpo. No era precisamente agradable dejarlas colgadas por el borde de piedra. ¿Y si… y si unas manos huesudas se levantaran desde la tumba del señor Pollock y lo agarraran de los tobillos? Aquélla había sido una de las festivas especulaciones de Mary Vance una vez que estaban todos sentados allí. Ahora volvía para atormentar a Carl. Él no creía en esas cosas; ni siquiera creía realmente en el fantasma de Henry Warren. En cuanto al señor Pollock, hacía sesenta años que se había muerto, de modo que no era probable que se le ocurriera levantarse ahora de la tumba. Pero hay algo muy extraño y terrible en estar despierto cuando el resto del mundo duerme. Estás solo, sin nada más que la propia frágil personalidad para oponer a los poderosos príncipes y a las poderosas fuerzas de la oscuridad. Carl tenía apenas diez años y los muertos lo rodeaban y él deseaba… ¡ay, cómo lo deseaba!… que el reloj diera las doce. ¿Nunca iba a dar las doce? Seguro que la tía Martha se había olvidado de darle cuerda.
Y entonces dieron las once: ¡apenas las once! Tenía que quedarse una hora más en aquel espantoso lugar. ¡Si al menos hubiera algunas estrellas amistosas para mirar! La oscuridad era tan espesa que parecía apretársele contra la cara. Había unos sonidos como de furtivas pisadas por todo el cementerio. Carl se estremeció, en parte por el agudo terror, en parte por un frío real.