El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Y entonces empezó a llover, una llovizna fría y penetrante. Las delgadas camiseta y camisa de Carl quedaron empapadas en seguida. Estaba congelado hasta los huesos. Olvidó los terrores mentales en medio de su incomodidad física. Pero debía quedarse allí hasta las doce; estaba castigándose a sí mismo y se trataba de su honor. No se había dicho nada sobre la lluvia, pero no hacía la menor diferencia. Cuando por fin el reloj del estudio dio las doce, una pequeña figura empapada se bajó, rígidamente, de la tumba del señor Pollock, se abrió camino hacia la rectoría y subió a meterse en la cama. A Carl le castañeteaban los dientes. Tenía la sensación de que jamás entraría en calor.
Pero sí que había entrado en calor al llegar la mañana. Jerry miró sorprendido el rostro encendido y corrió a llamar a su padre. El señor Meredith vino de prisa; estaba pálido debido a la larga vigilia nocturna junto a un lecho de muerte. Había llegado a la casa cuando amanecía. Se inclinó preocupado sobre su muchachito.
—Carl, ¿te sientes mal? —preguntó.