El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris La hiedra de ojos azules, el «abeto de jardín» y la menta crecían desenfrenadamente sobre las tumbas hundidas. Unos arbustos de arándanos crecían en profusión en una esquina arenosa cercana al bosque de abetos. Allí podían hallarse las variaciones en la moda de tumbas a lo largo de tres generaciones, desde las losas planas y oblongas de arenisca roja de los antiguos pobladores, pasando por los días de sauces llorones y manos entrelazadas, hasta las últimas monstruosidades de altos monumentos y urnas drapeadas. Una de las últimas, la más grande y más fea del cementerio, estaba consagrada a la memoria de un tal Alee Davis, que nació metodista pero se casó con una presbiteriana del clan de los Douglas. Ella había logrado convertirlo y le había hecho marcar el paso del presbiterianismo toda su vida. Pero cuando él murió, ella no se atrevió a condenarlo a una tumba solitaria en el cementerio presbiteriano del otro lado del puerto. Todos sus antepasados estaban enterrados en el cementerio metodista, de modo que Alee Davis volvió a los suyos en la muerte y su viuda se consoló erigiendo un monumento que costó más de lo que podía pagar cualquiera de los metodistas. Los niños Meredith lo detestaban, sin saber por qué, pero les encantaban las viejas losas chatas rodeadas por una hierba alta que crecía descuidadamente alrededor. Para empezar, eran un buen asiento. Estaban todos sentados sobre una de ellas ahora. Jerry, cansado de jugar al salto de rana, tocaba la armónica. Carl contemplaba fascinado un extraño escarabajo que había encontrado; Una intentaba hacer un vestido para su muñeca, y Faith, apoyada sobre sus delgados brazos bronceados, balanceaba los pies descalzos al delicioso ritmo de la armónica.