El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Mary se rindió. Estaba tan débil que apenas podÃa bajar la escalera pero, de alguna manera, la bajaron, la llevaron a campo traviesa y la metieron en la cocina de la rectorÃa. La tÃa Martha, atareada con la cocina como todos los sábados, no reparó en ella. Faith y Una corrieron a la despensa y la despojaron de todo lo comestible que contenÃa: un poco de «otravez», pan, manteca, leche y un dudoso pastel. Mary Vance atacó la comida vorazmente y sin crÃticas, mientras que los niños de la rectorÃa se quedaron cerca, mirándola. Jerry notó que tenÃa una bonita boca y lindos dientes blancos. Faith se dio cuenta, con secreto horror, de que Mary no tenÃa ni una prenda de ropa encima más que el vestido descolorido y roto. Una estaba llena de pura compasión; Carl, de un divertido asombro, y todos ellos de curiosidad.
—Ahora vamos al cementerio y nos contarás qué te pasa —ordenó Faith cuando el apetito de Mary dio señales de retroceder. Mary no era nada reacia ahora. La comida le habÃa devuelto su vivacidad natural y le habÃa soltado una lengua nada perezosa.
—¿No le contaréis a vuestro padre ni a nadie lo que os diga? —preguntó al ser entronada sobre la tumba del señor Pollock. Frente a ella los niños de la rectorÃa se alinearon sobre otra losa. Allà habrÃa condimento, misterio y aventura. Algo habÃa sucedido.
—No, no contaremos nada.