El Valle del Arco Iris

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—Ah, pero no me escapé porque me pegó. Una paliza era cosa de todos los días para mí. Estaba acostumbrada como al miércoles. No, señor, hacía una semana que me quería escapar porque me enteré de que la señora Wiley iba a alquilar la granja y a irse a vivir a Lowbridge, y a mí me iba a dar a una prima suya que vive por Charlottetown. Yo no iba a aguantar eso. La otra es mucho peor que la señora Wiley. La señora Wiley me prestó a la otra un mes el verano pasado y prefiero vivir con el mismísimo demonio.

Sensación número dos. Pero Una parecía dubitativa.

—Así que decidí largarme. Tenía ahorrados setenta centavos que me dio en primavera la esposa de John Crawford por plantarle patatas. La señora Wiley no sabía nada. Estaba de viaje visitando a su prima cuando las planté. Pensé venir a Glen y comprar un pasaje para Charlottetown y tratar de encontrar trabajo allí. Soy muy trabajadora. No tengo ni un pelo de vaga. Así que me largué el jueves por la mañana antes de que la señora Wiley se levantara y caminé hasta Glen: casi diez kilómetros. Y cuando llegué a la estación me di cuenta de que había perdido el dinero. No sé cómo ni dónde. Pero ya me había ido. No sabía qué hacer. Si volvía, la vieja Wiley me iba a arrancar el pellejo. Así que fui a esconderme en el viejo granero.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó Jerry.


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