El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —Si no puedo decir mentiras, ¿qué va a ser de mÃ? —sollozó Mary—. Tú no lo entiendes. No sabes nada de estas cosas. Tienes una casa y un padre bueno, aunque me pareció que le falta un tornillo. Pero al menos no te pega; y siempre tienes suficiente para comer, aunque esa vieja tÃa tuya no sabe nada de cocina. Es el primer dÃa de mi vida en que he sentido que comà suficiente. Me han maltratado toda la vida, excepto los dos años que pasé en el asilo. Allà no me pegaban y no estaba del todo mal, aunque la supervisora tenÃa mal genio. Siempre parecÃa dispuesta a arrancarme la cabeza. Pero la señora Wiley es horrorosa y me muero de miedo cuando pienso en volver con ella.
—Tal vez no tengas que volver. Tal vez se nos ocurra alguna salida. Pidámosle las dos a Dios que te salve de tener que volver con la señora Wiley. Tú dices tus oraciones, ¿no, Mary?
—Ah, sÃ, siempre digo un viejo verso antes de meterme en la cama —respondió Mary con indiferencia—. Pero nunca se me ocurrió pedir nada especial. Nadie en el mundo se ha preocupado nunca por mÃ, asà que no espero que se preocupe Dios. El bien podrÃa molestarse por ti, ya que eres hija de un pastor.
—Se preocuparÃa exactamente igual por ti, Mary, estoy segura —dijo Una—. No importa de quién seas hija. Tú pÃdele; yo también voy a pedirle.